Llaves (I) – Hank Escribe

Llaves (I)

junio 17, 2020
Llaves (I)

Las llaves seguían sonando como siempre cuando las dejaba en el estante del recibidor. La hilera de llaves formaba un pequeño arco iris de colores en la pared, de pequeño fantaseaba con los cofres del tesoro que abriría cada una de ellas.
—¿Hola? —mi voz resonó en el pasillo mientras accionaba el interruptor de la luz.
Era raro que Clara no estuviera en casa. El bufete de abogados apenas tenía casos últimamente y solía venir a comer a casa y echarse la siesta hasta que yo llegaba. Miré el reloj y tiré algunos panfletos comerciales que encontré junto a alguna carta del banco.
—Las seis menos veinte

Era el mejor momento de la tarde. Mientras me acercaba a la Nespresso podía ya paladear el sabor de mi diminuta capsula de café. Había elegido un grano de Colombia, Rosabaya: un café suave, perfecto para mezclar con leche, con ciertos toques a mermelada de frutos y a vino.
Una intensidad inmejorable para un tentempié entre horas.
Mientras la Nespresso chirriaba y aquel líquido de los dioses empezaba a emanar por su boca, me senté a hojear un pequeño librito que algún comercial había dejado en nuestro buzón. Las Thermomix iban a dominar el mundo.

Tenía mi ritual sentado a la mesa con mi taza delante. El azúcar moreno iba primero, no utilizaba mi cuchara hasta ver cómo se diluía entre la espuma del café. La leche le seguía;alguien diría que era una nube de leche, como un café cortado en una gran taza.


Dejé atrás el pequeño capítulo del “Milagro de las Thermomix” cuando escuché accionarse el mecanismo de la puerta y aquella afilada hoja no quiso moverse suavemente entre mis dedos.
Un reguero de sangre amaneció de mi dedo anular mientras Blanca entraba por la puerta.

Mientras intentaba llegar a una servilleta y limpiar todo aquello, Blanca entro en la cocina.
—¿Qué tal? ¿Cómo estás? —la voz de Blanca sonó lejana, ida, vacía.
—Bien, ¿y tú? ¿Te pasa algo? —pregunté mientras noté que algunas de aquellas gotas resbalaban por el primer cajón de la blanca mesa.
—Tenemos que hablar —dijo girando el cuello—. David, tenemos que hablar.

Aquel pequeño torrente parecía no dejar de fluir. Logré parar el sangrado con una servilleta pero no podía ocuparme de más. La mancha en la mesa seguía avanzando gracias a la gravedad.
—David, creo que esto no va bien. Hace tiempo que no hacemos nada juntos, apenas follamos y creo que nos es difícil hablarlo. Y me estoy muriendo por dentro —Blanca hablaba sin mirarme a los ojos.
—Pero Blanca, ¿por qué dices eso? Este fin de semana estuvimos comiendo en casa de tus padres y creo que hace un par de semanas tuvimos sexo ¿no? Dime si no es cierto.

No dejaba de mirar cómo aquella procesión progresaba tiñendo todo por donde pasaba. Logré ver reflejado en aquel líquido el tintineo del fluorescente de la cocina o los ojos temblorosos de Blanca.
—David, son muchos años. Creo que nos hemos instalado en un lugar cómodo y quizás al principio estaba bien. Al principio era hasta divertido ver como la rutina nos llegaba y seguíamos con nuestros sueños. Pero hace mucho que ya no tenemos sueños, al menos conjuntos.

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