Llaves (II) – Hank Escribe

Llaves (II)

noviembre 5, 2020
Llaves (II)

—Si, David, sí. No soyfeliz, hace tiempo que no sonreímos el uno con el otro. Es mejor dejarlo ahora y aún poder hablar y mirarnos a la cara.

Pasé mis dedos por encima de aquel líquido denso y viscoso. Mi dedo anular completo se manchó con aquel color.

—¿Estás bien? — dijo Blanca.

—Sí, solo ha sido un corte. Solo eso.

¿Y qué piensas hacer? ¿Vas a buscar un piso? —pregunté.

—Esta noche duermo en casa de Belén y ya me buscaré algo. Creo que prefiero no seguir aquí —dijo mientras bajaba su cabeza.

—¿Hay alguien, Blanca? ¿Es eso? 

Joder Blanca, no me jodas. ¿Es por eso?

Blanca pasó el dedo índice lentamente por la repisa de la ventana.

Pelo largo y facciones duras y angulosas. Tenía los ojos marrones ligeramente achinados, una nariz pequeña y labios carnosos y siempre pintados. Me levanté de la silla. Creía marearme y mientras con mi mano tocaba mi frente, me di cuenta que estaba manchado con todo aquel mejunje.

—Dime que no es así, Blanca. ¡Dime que no joder! —le grité mientras intentaba limpiarme.

Un silencio se apoderó de la estancia.

—Estaba muy sola, David. Ya no hacíamos nada: no había sexo, ni salidas ni caricias ni nadie que acariciar. Estabas lejos, muy lejos y durante mucho tiempo he intentado olvidarme de mí misma pensando que todo iba a volver a la normalidad. Pero no volvía, joder, ¡no volvía! 

Las gotas habían empezado a tocar el suelo gris de la cocina y resbalaban por las juntas de las baldosas. No hacía más que repetirme que no podía ser, ¡ella no! No podía acabar todo aquello allí. 

No deseaba tanta verdad ni quería acabar con la realidad dándome una hostia y girándome la cara.
Ella intentó zafarse pero pude clavar mis dedos en su largo pelo mientras la atraía hacia mí tirando de él.

—¿Así te cogía? ¿Así? ¿Te la metía mientras te tiraba así del pelo? —grité y Blanca gritaba sin emitir sonido con mi mano manchada de sangre tapando su boca.

Adoraba aquella boca pintada de carmín.
Noté sus manos en las mías tratando de esquivarme. Amaba sus manos, tersas, suaves, bien formadas, de dedos finos y largos y uñas pintadas.
La incliné hacia la mesa y en esa posición imaginé cómo alguien la poseía, a horcajadas, y lo poco cabal que de mí quedaba se fundió con toda aquella sangre.
Sólo fueron tres golpes, juro que no fueron más pero su cabeza cedió ante la mesa y mis manos la lapidaron contra ella. No respiraba. Tampoco esperaba que lo hiciera. Toda aquella sangre ahora regaba la mesa y aquel folleto de las Thermomix que no había acabado de leer.
El cuerpo de Blanca cayó al suelo mientras me sentaba otra vez delante de aquella taza que me esperaba medio fría ya. 

—Definitivamente tengo que calzar esta mesa, no aguantará mucho así —pensé mientras levantaba la taza y paladeaba aquel suave café.

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