Nocturnos (I) – Hank Escribe

Nocturnos (I)

noviembre 8, 2020
Nocturnos (I)

«La señal», piensa mientras se mete en casa después de ver cómo Matilde ha tendido el trapo de cocina del derecho. Si lo tiende del derecho todo va bien, del revés algo pasa con ellos y si no lo saca, aquel día no la vería.

—¿Atos? ¡Vamos! —llamó al perro mientras lo miraba. Pensaba que ya era
hora de cambiarle la correa al pobre chucho, llevaba casi 5 años con ellos y nadie se había preocupado por comprar una nueva. Así estaba.

—Me voy con el perro, Irene. ¡Ahora vuelvo! —gritó sin esperar
contestación. Atos esperaba en la puerta moviendo el rabo, Antonio se agachó mientras le ponía la correa.

—Para ¡para! ¿No ves que no me dejas ponértela?
En el ascensor ya era algo más rutinario, ya no sentía aquello que sentía hace
años cuando sabía que iba a ver a Matilde. Pensaba en ella, en su sonrisa, en las ganas que tenía de darle un beso cuando giraban la esquina del parque. ¿Había Matilde llegado a ser una mera costumbre como lo era su mujer? No quería responderse a eso; de hecho, cuando llegaba a ese pensamiento, que era muy a menudo últimamente, recurría a hablar con Atos o a negarse las evidencias.

—Vamos chico, ¡a la calle! —decía mientras el perro miraba ilusionado la
puerta. Era ya de noche y el parque tomaba un color verde oscuro.

Atos buscaba sus árboles y muros cuando Antonio empezó a preguntarse cómo era aquello que sentía antes por Matilde. Recordaba las primeras veces que se cruzaron sacando a los perros, hará ya más de siete u ocho años; recordó la ilusión, el deseo, el ansia por aquellos besos que se convirtieron en diarios, ¡había llegado a soñar con trapos de cocina del revés!

—Quizás no fuera tan diferente —musitó a medias mientras pensó en Irene,
su mujer. También tuvo un tiempo de ilusión, de deseo, de constante hormigueo en el estómago. Hubo un tiempo en el que moría por sus besos o por sostener su mano, igual que le ocurrió con Matilde.
Pero esos pensamientos se aguantaban poco en su presente: no quería darse cuenta de que aquellas dos mujeres significaban lo mismo en su vida. Aquellas dos mujeres lo único que representaban era el temor extremo a estar solo, a sentirse solo, a quedarse solo; aquello que empezó a sentir con Irene cuando aquel médico les informó que iba a ser muy difícil que ella se quedara en cinta.

—¡Antonio! ¡Shhht! —Una voz femenina sonó entre el seto que separaba un
bloque del otro del parque. Antonio tiró de la raída correa y caminó hacia donde esperaba Matilde.

—Llegas tarde —susurró Antonio.
—Es que Jose está emperrado en que le pase la carne hasta que parezca
la suela de un zapato, y luego la perra cada vez tiene menos ganas de bajar. Está vieja —dijo mientras se acercaba y le daba un beso a Antonio.

Un beso furtivo cargado de nada, de negro. Un beso carente, olvidado entre
parques perdidos de la mano del amor que los sustenta. Un beso que sabe a
nostalgia, a tiempos pasados, a minutos cargados de emoción, a pretérito
imperfecto. Un beso que no vale ni el tiempo que dos labios se juntan, fríos,
helados, congelados.

—Quiero dormir algún día contigo, Matilde. ¿Cuánto tiempo hace ya?
—Mucho, lo sé, ¿crees que a mí no me apetece? Pero desde que Carlos se
fue de casa Jose quiere hacer más cosas conmigo y ya el otro día me preguntó por qué sacaba ese trapo todos los días. Sí, me inventé cualquier cosa pero no sé si podré inventarme algo para pasar una noche fuera. Mis amigas, además, cada vez me llaman menos y Marisa, la que me echaba un cable de vez en cuando, está en Segovia en casa de su madre —dijo nerviosa mientras sacaba una de las bolsas negras del manojo que llevaba en la mano.
—Matilde, ¿tú crees que esto es igual que hace unos años? —preguntó
mirándola a los ojos.
—¿A qué te refieres? —respondió ella.
—Sí, a todo esto, ¿no te acuerdas? Antes nos reíamos, hacíamos planes
aunque sabíamos perfectamente que no íbamos a poder cumplir y soñábamos mientras nos dábamos la mano, daba igual. Ahora todo parece ser difícil.
—Es que es difícil, Antonio —dijo mientras recogía excrementos del
suelo—. No puedo hacer las cosas que querría, ¡nunca he podido! Estamos
casados y jamás hemos tenido la valentía, ni el uno ni el otro, de proponer algo más que no fuera la forma de saber que podemos salir a pasear al perro.
Antonio la miró. Matilde ya tenía unos kilos de más y no bajaba tan arreglada como antes pero seguía conservando esa mirada que lo volvió loco la primera vez que la vio. ¿La quería? ¿La quería cómo para luchar por ella? ¿Lucha por el qué?
¿Luchar por otros cinco años de trapos y besos en silencio? ¿Por dos o tres
noches de sexo?

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2 Comments
  • Avatar
    María de Meer Quiroga

    Me encanta el formato, la letra, la foto. (Te ha fallado el corrector, encinta se escribe junto)El relato me ha dejado un regusto amargo, pero imagino que es lo que quieres conseguir. Describes muy bien a los personajes. El, frío y egoísta, ellas siempre atareadas…, con la vida desbordada. Y como siempre, transportas al lugar…😘

    9:37 pm noviembre 8, 2020 Responder
  • Avatar
    Gonzalo

    Genial…. Como siempre….

    10:15 pm noviembre 8, 2020 Responder
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