¡Arde, hijo de puta! – Hank Escribe

¡Arde, hijo de puta!

diciembre 18, 2020
¡Arde, hijo de puta!

Desde pequeño le habían dado miedo los lugares donde el eco habitaba. Y la casa del Señor, de alguna forma, no era diferente aunque también fuera la suya. Al salir de la sacristía cada día contaba los pasos hasta el confesionario, que se escondía detrás del altar a San Nemesio.

Las baldosas evidenciaban el deslustre del paso de los años y aunque ya había notificado por escrito varias veces a la Diócesis el estado de aquel suelo, no había recibido noticia alguna.

—Seguro que tendrán mejores obras donde invertir el dinero —se decía a si mismo.

Mientras se alejaba del sagrario, pudo ver cómo Alfonso se postraba en la tercera fila delante del altar, con la mirada en el cielo y los brazos en cruz mientras sus labios rezaban una suerte de oratoria a nuestro santo. Alfonso fue un buen hombre movido por malas decisiones. Invirtió las cuatro perras que le dejó su padre en negocios de los que nada sabía y acabó de aguador en la finca de un terrateniente que abusaba de él como de sus mulas.

Admiraba la madera de aquel oratorio al acercarse, después de girar a la izquierda en el paso cuarenta y ocho de su paseo. Rondaba los 3 metros de altura y finalizaba coronado por un techo abovedado. De madera de cedro y acabados en bellas formas de hojas labradas a mano en caoba, se erigía majestuoso en medio de dos grandes cirios blancos que no encendía por temor a tener que pedir al arzobispado fondos para su reposición.

A las 12 y media empezaba el turno de confesiones y, como cada día, salió a esperar al primer fiel al que saludó con un cariñoso gesto.

Aquel miércoles se levantó plomizo y no parecía querer cambiar.

—Se acerca el frío, voy a tener que ponerme la camiseta interior —pensó mientras se abrió la puerta de la iglesia y Soledad detrás de su pañuelo asomó por ella.

—¡Buenos días Soledad! ¿Cómo andamos hoy? —expresó con una sonrisa en    su cara.

—¡Ay, mi buen cura! Cada día más sola y con más frío en los huesos. Pero con      la suficiente fuerza para venir a que aquel—decía mirando hacia arriba— me perdone.

—¡Caray Soledad! ¡Si se mantiene usted perfectamente! —caminaban juntos hacia el confesionario.

Matías, que así se llama el párroco, era un hombre de fe desde que el primer cacho de oblea besó su boca. De modernos ideales pero fiel a sus creencias, no se dejaba llevar por ninguno de los extremos. Pelo corto y peinado con colonia hacia un lado, facciones suaves y mirada amable, seseaba en los sermones incluso si se los preparaba días antes. Gustaba de ser muy cercano para con todos y algo maniático, según decían algunos.

—Soledad, eso pasa en todas las familias. ¡En todas! Tres padrenuestros y un Avemaría seguro que pondrán fin a este pequeño malentendido con ¿aquel? —sonrió —Y una pequeña ofrenda nos vendrá muy bien para el siguiente —admitió Matías mientras aquella mujer se retiraba hacia un pequeño altar detrás de una gran columna, justo detrás de aquellos dos solemnes cirios.

Matías se tomó un tiempo para descansar allí dentro, alejado de miradas y sonidos.

Aquel rincón entre madera, apartado de todo, le brindaba una suerte de paz de la que disfrutaba en pequeños momentos.  

Mientras miraba por aquella rejilla vio cómo Soledad salía de la parroquia con su renqueante paso. Inspiró profundamente aquel olor a madera carcomida.

—Ave María Purísima —sonó en el confesionario una voz de hombre. Pilló a Matías desprevenido  intentando levantarse después de estar mirando una de las grietas que ya aparecían en el interior de aquel escondite.

—Sin pecado concebida, hermano —rezó el cura mientras volvía a colocarse la sotana en su sitio.

—Bendígame padre porque he pecado. He pecado mucho. Hace mucho que no me confieso y creo que ahora mismo necesito despojarme de todo esto que me pesa —suspiró fuertemente aquella voz de hombre y se hizo un breve silencio. La voz sonaba afligida aunque constante.

—Cuéntame, ¿Cuáles son tus pecados?

—No sabría por dónde empezar, la verdad. Hace algún tiempo que no me siento bien conmigo mismo—habló mientras chasqueaban sus nudillos

—. ¿Sabe? Nunca me he confesado en realidad, aunque una vez lo intenté. No me gusta la iglesia, la religión y todo lo que ustedes dicen representar. De pequeño me sentía incómodo cuando en la clase de religión nos obligaban a cantar y a recitar todos aquellos salmos que a mí no me parecían más que basura. Pero mis padres me obligaban a ir cada domingo a misa a tomar la santa eucaristía, y empecé a sentir verdadera ojeriza por todo esto que usted significa, padre. Y me pasaba allí horas escuchando sermones de otros curas como usted que no me parecían más que hipócritas que salvaban sus almas a través de lo que recibían de sus feligreses. Hasta que, una mañana de domingo después de misa, mi madre se acercó al párroco. Aquel hombre se llamaba Luís, ¿sabe?, y mi madre me ofreció para hacer de monaguillo con una gran sonrisa en su cara, expresando el júbilo que iban a sentir tanto ella como mi padre si yo podía servir a aquella iglesia.

Otra pausa adornó aquella charla. A Matías empezó a inquietarle algo en la actitud de aquel hombre y aunque había tenido confesiones más airadas, no sabía por qué aquella empezaba a ponerle realmente nervioso.

—Así que el siguiente domingo a las once y media estaba en la sacristía. Mientras el capellán me daba las instrucciones para el agua y el vino y cómo ponerme el roquete, noté una mano que empezaba a acariciarme la espalda y su parte baja. ¿Y sabe, padre? Me encogí de frío y le miré. Y él no dejó de sonreír.

—No pasa nada. Esto es parte de lo que debes hacer aquí, conmigo. —me dijo mientras bajé la mirada y sentía su mano moverse.

Matías torció su semblante y pegó su espalda a la fría madera.

—El siguiente domingo pasó lo mismo pero esta vez me pidió que me bajara los pantalones. Y yo solo recordaba a mi madre con su sonriente gesto de aprobación por aquel hombre que ahora estaba allí delante de mí. Pero allí yo no gesticulaba, ni me movía apenas mientras sonreía metiéndome la mano por la parte delantera del pantalón, y así una y otra vez, un día tras otro. Aquel hijo de puta estaba hipotecando mi futuro y yo pagaba por el aplauso de mis padres, ¿me entiende? —alzó la voz— Aquel cabrón hizo lo mismo durante 2 largos años y cada domingo iba a más, y yo no era capaz de decirle a mis padres qué pasaba cuando él y yo preparábamos la Santa Eucaristía —Sonrió irónicamente—. La Santa Eucaristía —esbozó entre sus labios—. Mi gesto serio, adecuado a la misa, no hacía pensar en lo que estaba realmente pasando. Pero le odiaba, le odiaba como no he odiado nunca a nadie. ¿Y sabe? Empecé a odiar a todos los que eran como él, sentía verdadero asco cuando por la calle me cruzaba con un hombre con alzacuellos o cuando mi madre bendecía la mesa.

Matías comenzó a sudar y aquel confesionario amplio empezó a quedarse pequeño. El aire pesaba y el ambiente se encogía por momentos. La oscura madera se le estaba viniendo encima a Matías, que separaba de su cuello aquel alza que ahora le apretaba hasta cortarle el aliento.

—No se hace ni puñetera idea de lo que aquello me marcó. Marcó mi sexo, mis amistades, mis ganas de vivir joder. Y durante mucho tiempo estuve pensando en vengarme. Al principio eran solo las ganas de que Luís sufriera, de que notara en sus carnes todo aquello que me había hecho sentir a mí. Tenía imágenes de aquel cabrón quemándose en medio de su confesionario, gritando con la boca abierta sodomizado por todos los ángeles del infierno. ¡Púdrete, joder!

Matías reconoció a aquel hombre volviendo la cara medio lloroso. Estaba sudando. Encerrado en aquellas cuatro vigas de madera le daba la sensación de no poder respirar al paso de su relato.

—Y cuando pude, una tarde de poca fe en la iglesia, entré con suficiente material para que   Luís y el sexo de sus ángeles salieran ardiendo. Me arrodillé allí después de una vida sin confesarme y me reconoció. Yo solo sonreí mientras él me preguntaba qué tal estábamos yo y mi familia. ¿Sabe?, me había guardado de cerrar la puerta de la iglesia por dentro con una cuña de madera; ni se enteró.

En aquel momento Matías se dio cuenta que desde que aquel hombre estaba allí nadie había entrado en la iglesia y la puerta permanecía cerrada.

—Seguro que hay algo que podamos hacer. Alguna forma de buscar ayuda para   ti y para tu afligida alma, no todos somos iguales. Y Dios es un padre misericordioso. Sea cual sea tu pecado, estoy seguro que podrá absolverte —dijo Matías poco convencido.

—¿Absolverme? Igual que lo hacía aquel cabrón de pelo blanco cuando me empujaba contra la pared. ¿Así? Pero le quité las ganas. Abrí aquella lata de gasolina justo cuando Luís dejó de sonreír. Y rocié aquella jaula de madera con pájaro incluido mientras pensaba en cada una de aquellas veces en la sacristía. Y creo que se dio cuenta porque una vez vacío aquel recipiente empezó a tartajear palabras de clemencia e indulto por la misma boca donde hace unos años, ya sabe usted.

La frente de Matías se llenó de  sudor e intentó presionar la puerta de aquel confesionario cuando se dio cuenta de que no cedía. Y empalideció por completo cuando vio aquel objeto de color vivo a su lado que no supo distinguir claramente.

—Solo le hizo falta una pequeña llama. Solo una de los pocos fogonazos de aquel infierno para que le llegase el calor a su cara y a toda aquella cárcel que    lentamente cayó encima de él. Tenía una frase preparada para aquel momento pero me quedé embobado viendo cómo la madera ardía y él detrás. ¿Y sabe, padre? Sonreí mientras apagaba mi sed, mientras me sentía tan liberado que caí de rodillas delante de aquellas llamas al darme cuenta de que tenía que salir corriendo. Y corrí, corrí como si no hubiera más campo ni se acabara el camino para mí.

Matías empezó a empujar aquella portezuela que no se movía a pesar de sus intentos.

—Sácame de aquí, ¡sácame! —dijo mientras daba puñetazos alrededor.

            —¿Está nervioso padre? Será un momento. Un glorioso momento de luz para   una vida de mierda.

El olor a petróleo fluyó por el olfato de Matías hasta hacerle retorcer. En las cuencas de sus ojos, abiertos de par en par, el pánico entraba a borbotones. Un breve chasquido metálico sonó tras sus gritos medio llorosos.

            —¡Arde, hijo de puta!

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