En paz – Hank Escribe

En paz

febrero 19, 2021
En paz

Esperaba verle de nuevo.
Nada casual, llevaba pensando en él desde la última vez que lo vi,
sugiriendo a mi cabeza que no, que ya había tenido demasiado y que, aunque mis orgasmos decían otra cosa, no podía estar siempre de rodillas ante sus deseos (que, ¡mierda!, también eran los míos). 

Pero aquella moral de la que disponemos solo para estos casos hizo
acto de presencia justo cuando salí de su casa y notaba mis bragas
deslizándose anormalmente de su habitual colocación. 

Los cipreses se elevaban en el horizonte justo detrás de la iglesia,
acuchillando un atardecer que se tornaba rojo por momentos.
Y allí estaba.

Lo vi de lejos y aunque aún me quedaban escasos cien metros para
llegar pude olerlo. Me había visto, sé que me había visto, pero despachaba con familia y amigos alegre, con esa sonrisa que me ponía del revés. Esta vez yo había escogido ropa interior nueva, quería estar segura de que la tira seguía en su sitio y no se iba a mover por mucho que mis ojos escaparan a lo que mi cabeza ordenaba.

No fue más que sexo.
Nos conocimos mientras salía un domingo por la mañana de la iglesia y
me lo encontré de bruces después de una arriesgada maniobra tratando de
sacar algo que se había colado en mis tacones. Cuando levanté la cabeza y vi su sonrisa me trastabillé.
Me dio la sensación de que se ralentizaba el tiempo y que una banda
sonora de blues lento y sensual sonaba en aquel momento.
Mocasines marrón oscuro con cordones, limpios, apretados. Pantalones
caqui de pinza que tapaban unos amplios muslos, paquete generoso, cinturón fino de vestir marrón, camisa oscura de lino cuello mao con mangas sin abrochar.

Barba de 5 días, ojos oscuros y una sonrisa de cabrón que hizo que
me mordiese el labio.

—Tenga cuidado, señorita —dijo el tío. Así, a lo loco.

Sonreí como una colegiala impresionada por el chulito de clase. De
aquello a probar el espectacular colchón de uno cincuenta y sus sábanas de
Zara Home que con tanto gusto había elegido para aposentar el culo de sus
amantes pasaron pocas horas, tres gin-tonics e infinito tonteo.
Sabía que me tenía y que yo me dejaba, sobre todo porque aquel día,
aparte de unos tacones que no debían haber salido de mi habitación, llevaba la ropa interior a juego.

Pasé por su lado. Le miré. Me miró.

Esta vez no sonrió abiertamente. De hecho, pude ver cómo mi escote
asomaba en sus pupilas: hoy mi amigo Amancio se había esmerado en diseñar un vestido palabra de honor que remarcaba la natural turgencia de mis pechos. 


Mucho.

Esperaba esa reacción. Y la tuve.
Mientras mojaba mi dedo anular en agua bendita y me santiguaba,
miraba de reojo hacia la puerta esperando ver dónde se sentaba. 
Pasó rodeado hacia el altar. Sonriendo, sin mirar. 

«Gañán», pensé. «¿Crees que no se ven desde aquí las ganas que
tienes de arrancarme la ropa?»

Caminaba hablando a un lado y a otro, mostrando aquel don de
comercial de automóviles de segunda mano.

Finalmente me decidí, muy digna, por el último banco a la derecha
Llevaba una falta de tubo demasiado corta aquel día y no quería formar parte del show de aquel sábado en las tertulias eclesiásticas.

Veinte minutos de miradas de reojo y un mensaje al móvil.
—Estás preciosa hoy. —Escribió.
—Lo sé. —Contesté.

Y llegó el momento de pacificarnos todos y ser buenos hermanos los
unos con los otros.
—Hermanos, daos la paz.

Mientras estrechaba manos a mi derecha y a mi izquierda me di cuenta
de que le había perdido de vista. ¿Habría subido a leer?
No podía encontrarlo entre toda aquella gente que, jocosa, se daba la
mano y brindaban los unos con los otros.

¿Dónde coño se había metido?
Me senté de nuevo. Basta de aparentar.

—Te has sentado muy lejos —dijo una voz conocida a mi lado.
Mi corazón bombeó a todos los puntos de mi cuerpo más sangre de la
que jamás pensé que tenía, haciendo hincapié en mi entrepierna, que no se
quejó.

—¿Qué coño haces aquí, Carlos? —pregunté, aún mareada por la
sorpresa.
—He pensado que me querrías tener cerca. Con lo bonita que estás hoy
y aquí detrás, sola —susurró a mi oído. Había peleado en mis batallas y sabía
perfectamente cuáles eran los flancos por los que debía atacar.
Le sonreí. El capellán siguió y aquel calor no dejaba de elevar el tono de
mi piel.
—Oremos —dijo aquel hombre pequeño, calvo y que con cierta gracia
se movía en aquel escenario como una reina. 
Me arrodillé delante del banco juntando mis manos. No sabía por lo que
debía rezar, quizás porque aquella noche los tres orgasmos del otro día en
casa de Carlos fueran pocos.

Mientras intentaba fijar mis pensamientos en algo que no tuviera nada
que ver con Carlos, noté que algo se movía debajo de mi falda.
Con nerviosa tranquilidad, giré mi cabeza hacia donde él estaba.

Llevaba una camisa blanca con dos botones abiertos, chaqueta azul oscuro y esa puta sonrisa otra vez que me volvía loca. Movía su mano lentamente.
Ni un signo de desaprobación por mi parte, era como si mi cuerpo no
tuviera ninguna gana de hacer caso a mi cabeza encerrada en un cuerpo que quería morir en aquella mano que se acercaba a mi… ¿horno?

—¡Carlos! —acerté a decir en un tono que no sonaba en absoluto
marcial.
Me giré hacia delante. Apoyé mi cabeza en las dos manos mientras
notaba cómo buscaba mi ropa interior. 
Cedieron mis muslos y empezaba a sentirme culpable del calentamiento
global en aquella iglesia. No hubo necesidad de trinchera en mi entrepierna: apartó los tonos turquesa de mis bragas.

Cuando empezó a masturbarme recé. Recé para que aquellos dedos
pararan, recé para que aquel par de dedos no parasen, recé para que toda
aquella humedad no dejase ninguna huella en la oscura madera del
reclinatorio.

Gemí. En absoluto silencio, moviendo desacompasadamente, como el
que pisa piedras ardiendo, mis caderas al ritmo de aquellos jodidos dedos que me estaban buscando la hoguera eterna en el infierno. Y estaba justo debajo de tribunal y acusador. Sus dedos resbalaban tan fácilmente que en algún momento pensé que iba a deshacerme.

—Dios Todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros
pecados y nos lleve a la vida eterna. 

—Señor ten piedad —acerté a decir para maquillar un poco aquella
escena.
«Carlos ten piedad y haz que me corra antes de hacer de este banco
una cama cualquiera».

Más rápido. Más rápido.

Apretaba mis manos hasta casi no poder sentirlas. Cerré los ojos
esperando que nadie notara nada, que todos siguieran atentos al espectáculo del altar, consciente solo de aquello que se movía dentro de mí.

Arrodillada empezaron a temblarme las piernas cuando sentí que me
corría. 

Bajé la cabeza sumisa a aquellos dedos y a aquel orgasmo salvador. Mi
cadera se movió compulsivamente y en un intento de parar aquellos
movimientos, puse mi mano en las caderas tratando de calmarme.
Acomodé mi falda sintiendo mi ropa interior moverse húmeda de nuevo.
A Carlos le había nacido una media sonrisa irreverente. Me pregunto por
qué.
—Podéis ir en paz. 

Y me fui de allí. En paz. 
Con ganas de más guerra.

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